Querido Wim Mertens:

English version is coming tomorrooooow

Querido Wim Mertens:

He tenido la inmensa fortuna (y no lo digo, de verdad, sin un agradecimiento absoluto al universo porque entiendo mi privilegio) de tener la oportunidad de ir a conciertos toda mi vida. El primer concierto que recuerdo fue del Bolero de Ravel en un ciclo de música para niños en la Sala Nezahualcóyotl. Probablemente tenía 10 años. La Neza es un lugar hermosísimo, pero entrar a ese recinto espectacular y vibrar con todas esas cuerdas y el gong, con esa pieza tan emocionante, es algo imborrable. Veinticinco años después no olvido la opresión en mi corazón ni el sentimiento de saturación absoluta en mis oídos. En el sentido más positivo posible, obvio.

No crecí escuchando música clásica mayormente para nada. Más bien Mocedades y Mijares y Emerson, Lake & Palmer y The Cranberries, por mi mamá y mi papá, respectivamente. Pero llega un momento en el que tienes que buscar tu identidad musical propia, que se separe de la de tus padres. Y para mí empezó con Ace of Base y Cristian. Así que el primer concierto al que decidí ir (y que mis papás aceptaron llevarme jajaja) fue de Cristian Castro en el Auditorio Nacional. Si mi memoria no me falla, tendría 12 años.

Imagínate llegar al Pinche Auditorio Nacional. Tu pequeñito cuerpo de un metrito y medio subiendo y subiendo escaleras (porque en ese momento a mi papá solo le alcanzó para que mi madre y yo fuéramos al segundo piso) entre diez mil otras personas. Según yo era tan increíble el Auditorio ―y el lugar en el que nos había tocado― que sí le podía ver el verde de sus ojos a Cristian. Naturalmente solo eran sueños de una niñata enamorada. Pero en ese concierto aprendí a gritar y a bailar con todos (todas, en realidad) las demás.

A partir de ahí descubrí una de mis grandes grandes pasiones: la música en vivo. Y quiero decir de nuevo que no dejo de agradecerle al universo (y especialmente a mi padre) que me hayan dado la oportunidad de hacer crecer esa pasión.

Después de esos dos conciertos germinales vinieron muchos más: Magneto, Mercurio, Maná, Chayanne, Michael Jackson (en ese, a los 11 años, aprendí a sostener un encendedor), The Cranberries, el Vive Latino (se me ocurrió llamarles a mis padres para decirles que prendieran TeleHit y vieran dónde estaba, qué gran error. Una cosa es que se imaginen qué es un festival y otra, que lo vean jajaja), Fernando Delgadillo.

En algún momento, ya en la universidad, en una de esas discusiones de cafetería con profesores y compañeros de otras carreras, recuerdo que me decepcioné muchísimo de uno de mis profesores favoritos. Era una de esas personas que admiras completamente, su conocimiento, su forma de dar clase, su manera de hablar, la relación con sus alumnos… todo. Y en eso, madres, dice que “odia” los conciertos. “Si quieres oír a tu cantante favorito, no quieres escuchar al güey de junto cantando desafinado”, “si quiero escuchar mi canción favorita, no quiero oler a nadie más”. Me parecía una visión demasiado purista de La música (con mayúscula), que yo no podía debatir más que con la vibración que sientes cuando estás en un auditorio (y después, pensando en John Cage, con que la música no son exclusivamente las notas en la partitura).

En fin, por supuesto que lo desestimé y seguí amando sus clases (a las pinches siete de la mañana), pero ahora con una visión mucho más crítica y objetiva de la admiración que sentía por mi maestro.

Por mis caminos de descubrimiento musical llegué a Björk. Por supuesto que me volvió loca. Sus canciones, su música, su personalidad. Me obsesioné. Y parte de esa obsesión me llevó a suscribirme a su boletín de noticias. Poco tiempo después me llegó un correo diciendo que iba a haber un concierto de reunión de The Sugarcubes. ¡¿QUÉ?! ¡¿Cómo era posible, si llevaban más de una década separados?! El concierto iba a ser en Islandia. Me metí a la página a ver las promociones de paquetes de vuelo, hotel y boleto del concierto y me di cuenta de que el paquete completo costaba lo mismo que dos meses de mi sueldo de prácticas profesionales. Hablé con mi papá, y me dijo que me apoyaba. Así que lo compré y me fui sola a Reikiavik.

Con ese concierto aprendí muchísimas cosas. La primera y más importante: que un concierto es un motivo tan bueno como cualquier otro para viajar. También, que puedes conocer personas y hacer verdaderos amigos en el viaje, porque los une la pasión por la música. Por supuesto, aprendí que podía cruzar cualquier océano sola…

Y entonces empecé a desarrollar una lista de aquellas figuras a quienes no quería morir sin ver. En ese momento estaban Björk (a quien acababa de ver, claro, pero necesitaba verla como solista), Sigur Rós, Yann Tiersen, Laurie Anderson y Animal Collective. Es una lista corta, lo sé, pero por supuesto sabía que iba a ir creciendo.

Años después tuve la (de nuevo) inconmensurable fortuna de vivir unos años en Barcelona. Y ahí aprendí que los conciertos son (deben serlo, punto) accesibles para todos. Fui a muchísimos festivales, vi a Devotchka, a Goran Bregovic, a The Knife, a Amiina, a Chad VanGaalen y pude tachar de mi lista a Laurie Anderson (a quien vi en Madrid) y a Sigur Rós (a quienes vi varias veces). Iba a conciertos al menos una vez a la semana y pagaba 20 euros por los caros. Acompañé a un amigo a ver a Kylie Minogue y por ese boleto no pagué más de 50 euros.

Cuando tenía que venir a México acomodaba mis vuelos para pasar a ver a mis amigos gringos e ir a conciertos. Björk (varias veces), Mogwai, The Antlers… Todos, menos de 50 dólares (casi me atrevería a decir menos de 20, pero…).

Cuando regresé a vivir a México se volvió un poco difícil porque aquí no vienen tantos, primero, pero además, el precio de los conciertos empezó a subir y a subir y a subir.

Desde que vi el documental de minimalismo experimental que Björk hizo para la BBC me interesé muchísimo y empecé a dejarme fascinar no solo por Arvo Pärt, sino por Philip Glass y Steve Reich. Mi amor por la música no disminuyó en absoluto, pero mi escucha cotidiana sí cambió radicalmente porque trabajo con palabras y no puedo escuchar música con letra cuando corrijo. Tuve que dejar un poco de lado los gritos de Panda Bear en LioninaComaLioninaComaLioninaComa, al hermoso Dan Deacon convenciéndome de escapar “I wanna take a ride / I like it when you drive with me” o a Billie Holiday haciéndome llorar por la crueldad de las culturas colonizadoras “Here is fruit for the crows to pluck / For the rain to gather, for the wind to suck / For the sun to rot, for the trees to drop / Here is a strange and bitter crop”. Y lo cambié por Fuck Buttons, Jóhann Jóhannsson y Max Richter.

En todo este tiempo no dejé de ir a conciertos y conocí al amor de mi vida, quien me introdujo a tu música, querido Wim Mertens. Desde la primera vez que te escuché (estoy casi segura de que fue Rest meines ichs) quedé enamorada de tu voz y de la emoción que me hacías sentir. Una de las primeras preguntas que le hice a Erick cuando empezamos a salir fue: “¿A quién irías a ver a otro país?” (siempre pensando en mi lista, por supuesto). Y su respuesta fue una: “A Wim Mertens”.

Buscamos boletos en todos lados: Toledo, Viena, Ámsterdam. Pero por miles de razones nunca nos decidimos a viajar. Trabajo, dinero, compromisos familiares… las fechas nunca se ajustaron.

Hasta ese momento, mi lista iba así:

✓Björk

✓Sigur Rós

✓Animal Collective

✓Dan Deacon

✓Laurie Anderson

✓Silvio Rodríguez

✓Múm

✓Radiohead

✓Portishead

✓ Björk (en México, no en un festival)

✗Philip Glass

✗Wim Mertens

El año pasado quería ir a algún concierto de los 80 años de Philip Glass, pero la verdad es que mi repulsión hacia Trump es tal (y, la verdad también, mi miedo a que nos mate un loco solo por nuestro color de piel o por la lengua que hablamos), que no me decidí a ir ni a Big Sur. Y, bueno, a ti simplemente pensaba que o iba a Europa a verte o me iba a morir sin hacerlo.

Todo este tiempo pasó con boletos subiendo y subiendo de precio. No me hace sentir PARA NADA orgullosa decir que pagué varios miles de pesos para ver a Björk y a Sigur Rós en el Auditorio Nacional. Me molesta porque sé que es algo que muy pocos pueden hacer, porque sé que en países desarrollados los boletos para el mismo show cuestan solo una pequeña fracción. Me da mucho coraje pensar que los promotores y organizadores se hacen millonarios a costa de pendejos (como yo) que pagamos cantidades estúpidas de dinero porque no vivimos en Berlín, o que los seguros de los instrumentos son tan caros en México por la inseguridad que vivimos. Somos un gran país, nos merecemos mucho más. Merecemos festivales a los que venga Boredoms o Catch Pop String Strong (vinieron al Festival de la Ciudad de México antes de que Mancera decidiera hacerlo “local” por “austeridad”). Estamos sedientos de cultura y no queremos pagar dinero que no ganamos por conciertos que en ningún lado cuestan lo que aquí.

Fast forward a mayo 2018. Casi lloro de la emoción cuando mi papá me llamó para decirme que de regalo de cumpleaños me iba a regalar boletos para ver un concierto por el cumpleaños 80 de Philip Glass. ¿¡QUE QUÉ!? ¿¡CÓMO!? (En mi mente pensaba: “si los cumplió el año pasado”, pero no lo dije para no arruinarme mi emoción, ni la de mi papá). Sí, en Bellas Artes, pocos días después de mi cumpleaños. Contaba los días. El padre del minimalismo. Mis oídos escuchando su piano. La serie de conciertos que más ganas tenía de ver.

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Llegó la fecha y el concierto fue impresionante. Justo lo que esperaba. Ver a Philip Glass ahí y dejarme llevar por las olas de sus piezas, una revisión histórica de su obra, fue mágico. Salir y caminar por las calles del Centro, lo cubrió todo de una brillantez que no esperaba.

Y luego, una noche de trabajo, de repente Erick me dice: “¡Wim Mertens en México, Sala Neza, necesitamos boletos ya!”. Después del shock inicial venía la hora de actuar. Buscamos los boletos para los dos conciertos: Wim Mertens Dúo (el jueves) y Wim Mertens con la Ofunam (el sábado). Cuál fue nuestra sorpresa que cuando llegamos a taquilla los boletos costaban mucho menos de $500 pesos (¡!). No podía recordar cuándo había sido la última vez que pagaba tan poco (taaaan justo) por un concierto.

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Así que te escribo porque quiero agradecerte, Wim. Por muchísimas cosas. Por hacerme llorar con un solo de saxofón soprano y con tu voz que, me atrevo a decir, es la mejor voz del mundo. Gracias por hacer que mi corazón se comprimiera en mi pecho porque el espacio alrededor estaba saturado de tu magia. Muchas gracias por venir a México (a pesar de que los que te trajeron no supieron organizar nada y dejaron filas vacías. Nosotros no pudimos comprar ahí porque ya estaba vendido y los de seguridad de la Neza no nos dejaron cambiar nuestro lugar a pesar de que ofrecimos volver a comprar nuestros boletos). Muuuchas gracias por tu sencillez al hacer que otros brillen más que tú en las piezas que escogiste, pocos tienen la altura para hacer eso. Pero, sobre todo, muchas muchas gracias por hacer lo que hiciste al precio más justo; significa muchísimo para mí haberte visto y pagar lo mismo que pagan los que te ven en Ámsterdam o en Málaga. Esa fue la verdadera cereza del pastel. Cerrar mi lista, en el mes de mi cumpleaños, contigo. Íbamos a ir a verte a Cuernavaca el viernes, pero seguramente sabes que se volteó un tráiler y cerraron la carretera. Espero que los auditorios a los que viniste hayan cumplido tus expectativas. Sé que los dos son hermosos. Espero que hayas disfrutado tu estancia en mi país tanto como yo disfruté de tu presencia en él, a pesar de la desorganización y de la poca difusión de tu visita. Ojalá te haya gustado México, porque queremos que vuelvas.

Por supuesto que el que haya cerrado mi lista no significa en lo más mínimo que voy a dejar de ir a conciertos o que ya no me interese ver a nadie. En primer lugar porque la música sigue y nunca dejaré de descubrir nuevos caminos. Además, mi lista era (es) de los conciertos que no quería morir sin ver, pero tengo una lista mucho más larga de conciertos que quiero ver (aunque no pasa nada si me muero sin verlos). Después de verte el sábado en la noche, básicamente no me importa si cae un meteorito y me mata. Puedo morir tranquila. Después de haber escuchado Maximizing the Audience.

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Gracias por haber venido, esperamos verte de nuevo.

Tania

PD. Sé que esto probablemente no te interese, pero realmente mayo fue un mes extraordinario. En cuanto a conciertos pasó algo que no estaba en mi lista porque creí que era físicamente imposible. Fuimos a ver Queen Sinfónico y canté y bailé Don’t Stop Me Now, como si estuviera en el Estadio de Wembley.

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Book Review: Heart Berries

Love is tactile learning, always, first and foremost.

Back in February I intended to write about how the Slate Audio Book Club basically went on a hiatus. The podcast was hosted by Katy Waldman, and she moved from Slate to The New Yorker. I think they didn’t find anyone else who wanted to do it. If I’m honest I’ll say that I really didn’t like Katy Waldman’s tone, I found it boring most of the time, but I agreed with her almost always, and I admired her clarity and her evident passion for books and literature. Also, Slate’s ABC Podcast was very important for me, during my reading recovery, so when she said she was gone and then there were just two other episodes before they stating officially that the book club would be on a hiatus, I was crushed.

Fortunately, almost synchronically I found out about another book club. I’ve been following Guerrilla Feminism account on Instagram for years. I love how Lachrista Greco just says it as it is. No bullshit. And I love how many things she’s made me learn, especially about my own privilege. She started a feminist book club in her Patreon, and when I found out about it I wanted in. Unfortunately the first book they read was Why I’m No Longer Talking to White People About Race, by Reni Eddo-Lodge, and there was absolutely no way for me to get it at a reasonable price in time to read it. Amazon Mexico didn’t have it, it always said “out of stock”, Amazon.com charged me half the price of the book just for shipping, Book Depository has always taken +6 weeks to get me books, Gandhi almost doubled the price for “importing fees”… So I decided to wait until the next book.

And it was Heart Berries, by Terese Marie Mailhot. It’s such an amazing little book. I feel bad for using positive adjectives, because reading it was a harrowing experience, but I loved it. Mailhot is a writer from an indian reservation and in Heart Berries she wrote a coming of age memoir with such lyricism and imagery… Of course the book deals with “white women”, but not in a way to “make them realize”, I actually don’t think it’s written for white people. But it’s painful to think on all that discrimination, that is the same that indigenous people live in Mexico. Systemic, bureaucratic, permanent. Even if we don’t want to face it.

The book is incredibly sad, incredibly lonely. But in the sadness and loneliness it founds beauty, an excruciating beauty.

What I must say, though, is that as much as I marked passages and underlined sentences, I also kept looking how many pages were left until the end of the chapter. I’m not sure if it was because it talked about things hard to read (death, suicidal thoughts, rape, infidelity…) or just the language was heavy. In the GF discussion I compared it to honey, so dense and even painfully slow moving, but delicious. But it definitely isn’t a sweet book. I wish I had a better analogy.

Self-esteem is a white invention to further separate one person from another. It asks people to assess their value and implies people have worth. It seems like identity capitalism.

Spanish/English

This is just a quick post for anyone who might be following this blog. For professional reasons I will be writing all my posts both in Spanish and English. The English translation of the posts will be below the Spanish text.

Thank you so much, world.

April wrap up! (a little late)

I know it’s a little bit late, but here’s my April wrap up post XD

I’ve had lots of proofreading and translation work. Of course I can’t talk much about it, because of privacy and confidentiality agreements, but what I can say is that I do have a project with an old lady who discovered she loves writing at 74. I’m excited with her book and I hope I can show it to you soon.

So, anyway, April was crazy, but not as crazy as the beginning of May hehehe. I read three books in total.

These were interesting books. You can read each of my reviews if you’re interested. The only thing I regret is that they were only male authors 😦 I think I shouldn’t let this happen. Hopefully in May I’ll be able to turn things around.

Here they are:

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Books read: 3

  • Zona cero: Breve memoria de los sismos 1985-2017, Rafael Pérez Gay
  • Oblomov, Ivan Goncharov
  • Dejen todo en mis manos, Mario Levrero

 

Male: 3

Spanish: 2

Translated from a language other than English: 1 (Russian to Spanish)

Challenges prompts completed: 3 :-/

Leave everything in my hands, by Mario Levrero

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April was a month of book coincidences. On the International Book Day I went book shopping of course. I had to read Dejen todo en mis manos, by Mario Levrero for the radio show “book club”. So I bought it, and as the bookshop was celebrating they were giving away free books with every purchase. The book they gave me was Farewell, My Lovely, by Raymond Chandler. I’ve never read anything about him. And then that night, when I opened Dejen todo en mis manos, the epigraph was a quote by Raymond Chandler!

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Anyway… Dejen todo en mis manos is a short book about a writer who’s looking for the author of a manuscript that his editor received a while ago. The connection to The book of mirrors is instant (especially the second part, which has basically the same premise of an editor hiring a writer to look for a lost author).

Mario Levrero is an obscure Uruguayan writer who became a cult writer later. I loved his style. I don’t think there are any translations, but he’s such an amazing writer. He’s unclassifiable, and fast paced, and kafkian, and surreal… I will be looking for more of his books definitely.

Is Oblomov a millenial?

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It took me a while because I’m swamped in work, and just today I decided to take the morning off to write the two reviews I’m missing. The first one will be about Oblomov, by Ivan Goncharov.

This book was published in 1859 in installments in Russia. I don’t remember loving Russian literature this much when I was studying, but I’ve read two books already this year and I want to read more and more. I even want to give Crime and Punishment a second chance.

The book tells the story of Ilya Ilyich Oblomov, an indolent, a generous slothful nobleman. During the first part —11 chapters!— he only moves from his bed to a chair and back to his bed. Almost 200 pages!

He falls in love of an active and modern young woman, but is unable to do anything to solve his current situation to finally marry her. She loves him, but is certain that if he doesn’t actually *do* something, nothing can really happen between them.

In the end he lets her go, she marries Oblomov’s best friend (who is an active, diligent, and modern half-Russian half-German man used to work and travel), and Oblomov dies having had a son with his landlady. Oblomov’s best friend takes care of his son.

I loved this book. It talks about so many important things that we still live right now in the 21stcentury, 159 years later. The characters feel sooo modern. I couldn’t help but think that Oblomov is what older generations think about millenials, they think millenials don’t do anything and are in bed all day everyday. But this book also talks about weddings, and feminism (without saying the word, of course). It talks a lot about writing and writers (Oblomov kinda could be one, if he chose so). And it also talks about a burden that we still have in our society: bureaucracy.

I loved the relationship of Stoltz and Olga (Oblomov’s best friend and his love interest). It feels so current. There’s one part where Olga feels mad for every book Stoltz reads without her, isn’t that like Netflix cheating now? And she desires for everything to be accessible to her, just what I feel in 2018.

I remember I HATED my European Literature of the 19th Century classes in school. I didn’t finish ONE Russian book. I’m sorry, it’s true. But I’m rediscovering these authors and I’m falling in love with them. I don’t think I’ll read anymore Russian classics this year, but I’m excited for the years to come…

As a side note, something [I think] weird happened during my reading. We were watching a French movie (Delicacy, La Délicatesse) by David Foenkinos with Audrey Tautou. And suddenly, she’s there, lying on the couch reading Oblomov! Perhaps it’s something common, but it had never happened to me that a character in a movie is reading the same book as I! 😮

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This is my entry for Back to the Classics challenge prompt: A 19th Century classic 🙂